Para conversar, sin embargo, había que ir a otro lado. Por eso se dirigió al restaurante de los paquistaníes, pero no acababa de entrar cuando sintió el golpetazo de un olor penetrante "como a cagalera" y salió volando. Se comió una salchicha danesa con otro griego, el de la plaza contigua, que se extrañó de verlo.
Mucha champaña, mucho jolgorio, por lo que el despertar al alba, antes de ir al golf, había sido muy penoso. Y la admiración burlona que había mostrado el joven al verlo llegar a la hora, no le había gustado mucho. A mitad del recorrido Francoise Sagan
En una ocasión vimos al futuro primer ministro Olof Palme, que viajaba con sus hijos. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas comiendo los sándwiches que les había preparado su mujer. Ni guardaespaldas, ni coches de la policía, ni nada. Suecia en ese entonces aún era inocente, pero no lo sería por siempre.
Un cuarenta y cinco es lo que hacía falta que viniera, decían, para que supierais agradecer lo que tenéis, pan blanco y carne de pollo y no boniatos y algarrobas, lo que os hemos dado con el sacrificio de nuestra juventud y nuestra vida y ahora desdeñáis. El jinete polaco Antonio Muñoz Molina
La Futura dudó, pareció buscar la aprobación del enano, luego, de repente, se decidió: -Bueno -dijo-, vas a cenar conmigo. Vas a comer muy bien, con un vino como nunca has bebido en tu vida y como nunca más beberás. La Futura Francoise Sagan
De todas maneras, yo no llegué a ser pintor. Porque ocurrió lo siguiente: en la cuarta o en la quinta clase, más o menos, nos sugirió el profesor Marek que trajéramos de casa los modelos con los que montaríamos en la clase el bodegón propio. Mis compañeros de clase traían manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas, diversas cajitas y candeleros. Yo también traje conmigo objetos para hacer una naturaleza muerta muy proletaria, que armonizaba con el barrio obrero de Zizkov: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento. Monté el bodegón sobre la mesa de dibujo y esperé, con los demás, a que el profesor diera su visto bueno. Cuando se me acercó, me miró y soltó con violencia: -Por Dios, Seifert, quite esa salchicha. ¡No permitiré por nada del mundo que la pinte! No tardé más que un par de segundos en comprender su preocupación. Y me quedé estupefacto. Y en aquel momento memorable decidí que sería mejor escribir versos.
-Ya ves -dijo, apoyada en el decorado y bebiendo su agua teñida de menta-, ya ves, si no me ocupo más de ti no es porque no me gustes, incluso te amo, como se puede amar a mi edad, pero...
Ahora la mujer se quedaba con él todo el día. La vieja no subía. Las piernas de Miles mejoraban, comía quesitos de cabra muy perfumados. Luigia había colgado sobre su cama una botella de chianti que no tenía más que inclinar para recibir en la garganta un chorro de vino acre y de color rojo oscuro. El sol inundaba al granero. El cielo de Italia Francoise Sagan
En realidad, no importaba por qué razón el cuarto actuaba en mí, sino de qué manera actuaba. Me hacía mi café, encendía mi pipa, encendía el ordenador, y el mundo entero me cabía dentro.
El menú era muy extenso. Lo hojeó distraídamente y llegó a algo espantoso donde, en el mismo párrafo se mezclaba el apio, lenguados históricos y un asado revolucionario, además de patatas souflés, diferentes quesos y bombones de vainilla. El párpado izquierdo Francoise Sagan
Sufríamos un vacío de hombres caídos en combate o presos sentenciados a muerte o a treinta años por tribunales militares que condenaban en siete minutos. Por no mencionar los asesinatos cometidos al margen de esta legalidad por bandas de pistoleros uniformados, los "paseos", de los que nunca se regresaba. Presos de canas prematuras paralizados por el toctoc de las pisadas nocturnas del carcelero y que aún podían responder con desfallecimiento a la explosión de su nombre en la puerta de la celda abarrotada. Madres, abuelas, hijas, hermanas viajando con el paquetito de comida que la mayoría de las veces al preso no le daba tiempo a consumir. La higuera Ramiro Pinilla
¿Qué harían, él y Filú, hacia las ocho de la noche si ella no volviera? Esperarían en la puerta, como dos inútiles, incapaces de saber ni siquiera dónde estaban el aceite y la harina, el salchichón y el vino? El gato y el casino Francoise Sagan
Sobre el largo banco en que nos atábamos los patines o nos calzábamos los zapatos con patines había también un viejo tocadiscos, con una enorme trompeta azul celeste. Al lado estaba una barraca, en la que cobraban una entrada mínima y preparaban el té. Todo esto lo habían quitado hacía unos días y sólo cuatro abetos abandonados surgían de la blanca nieve. Toda la belleza del mundo Jaroslav Seifert
Las dos mujeres estaban un poco coloradas. -No hacen deporte -continuó Miles, como para sí mismo-. Por eso son suaves y un poco blandas, como los albaricoques en septiembre. El cielo de Italia Francoise Sagan
Nos sentamos los seis a una gran mesa de mármol blanco. -Traeré la vajilla de... -No -le cortó Pedro Alberto al criado-, ésta servirá. Fue una cena fría: jamón, chorizo, mantequilla, paté, gambas, merluza frita con ensalada, fruta, vino y coñac o anís. Con pan blanco. -Comed sin remilgos, os lo habéis ganado -nos dijo Pedro Alberto.
Anoche nevó; apenas me desperté vi todo el jardín blanco. Buck corría como un loco por el prado, saltaba, ladraba, cogía con la boca una rama y la lanzaba por los aires. Más tarde vino a visitarme la señora Razman; tomamos un café y me invitó a que pasáramos juntas la Nochebuena. "¿Qué es lo que hace todo el día?", me preguntó antes de marcharse. "Nada -contesté-. Miro un poco la televisión, pienso un rato.
El sol le recompuso el rostro apenas estuvo afuera. Reconocíó el mar, la Promenade des Anglais, los autos, las viejas palmeras, y recordó que era una mujer engañada. Fue a sentarse en el primer café cerca del Casino (era, por otra parte, la primera vez que Angela di Stéfano se sentaba sola en un café) y puso el bolso entre sus piernas bien apretadas, antes de pedir al camarero, con una voz apagada, un helado de frambuesa.