
-Volvamos a casa. -He comprado una pierna de cordero -dijo-. Comeremos de maravilla. Toda la familia junta. Con patatas recién cogidas.
La cofradía de la uva
John Fante
Somos un grupo de amigos. Nos gusta cocinar, saborear la amistad y la buena mesa.
La prueba de la ciruela claudia asombra por su evidencia; tan evidente es, como digo, que lo deja a uno desarmado. Su fuerza estriba en una constatación universal: al morder la fruta, el hombre comprende al fin. ¿Qué es lo que comprende? Todo.
Después del sermón nos condujeron al comedor, que se hallaba separado del resto del local por nun tabique; se componía de largas mesas y bancos, y dos señoras negras nos sirvieron grandes escudillas de cocido de carne, un buen trozo de pan y una manzana. Era todo gratis, y tenía lugar cada día, a las siete de la tarde. Suspiré aliviado. La comida la tenía asegurada.
Esta receta es muy fácil de hacer. Se trataba de conseguir un color añil para el alioli con la idea de cumplir con el color que me tocó en suerte, el añil, pero se quedó en azul turquesa. He utilizado el colorante alimentario del Dr. Oetker, que se mezcla muy bien, no mancha, no altera nada el sabor ni las propiedades... pero no se consigue el añil fuerte. Aun sí, el plato quedó rico y bueno. En la base lleva aguacate cortado en láminas muy finas, pelín de sal, pelín de aceite de oliva virgen sin filtrar. Sobre los aguacates, naranja cortada muy fina y cebolleta en juliana, poca cantidad y muy fina también, pelín de sal, pelín de aceite. Ahora se ponen los espárragos blancos, gordos y de calidad extra, birutilla de jamón ibérico, pelín de sal y aceite y a la hora de servir se ponen en el plato dos espárragos, parte de la guarnición y pegotón de añilioli.
La sesión de té fue perfecta. Mamá había hecho las cosas como es debido: el juego de té que le regaló la abuelita, el que tiene dorados y mariposas verdes y rosas, tejas de la pastelería Ladurée y, eso sí, azúcar moreno (un detalle de izquierdas).
Miré alternativamente los platos recién preparados y, a continuación, mis manos. El salteado de cerdo adornado con limón, la ensalada verde, la tortilla amarilla y esponjosa. Los contemplé uno tras otro. Eran platos que podían aportar su dosis de felicidad al final de una jornada.
Cenan en la rue Michelet, en un restaurante lleno del suave estrépito de platos, una larga cena que casi parece una reminescencia; tanto les complace y les alegra comer en silencio. Alzan la mirada y se descubren intercambiando sonrisas. Al final les entra el sueño. Se atiborran de queso, époises, citeaux, especialidades de una región conocida por su comida.
Interviniendo en la pelea con una naturalidad que frenó la rabia con que la muchacha golpeaba a Daniel, la más grande de las niñas le dio un vaso a Emilia, y Chui Morales se acercó a llenarlo con el aguamanil de barro al que parecía caberle un río de pulque. Luego tomó el vaso de Daniel y lo llenó también del líquido viscoso que a Emilia le había parecido siempre la bebida más repugnante inventada por sus compatriotas. Todos, incluyendo a las niñas, extendieron sus vasos. Morales se los fue llenando, moviéndose de un lado a otro, casi danzando con su jarra en alto, como si cumpliera un rito ancestral. Por último llenó su propio vaso y propuso un brindis por la recién llegada.
Si queréis que os diga mi opinión, la cocina francesa da pena. Tanto genio, tantos medios, tantos recursos para un resultado tan pesado... ¡Todas esas salsas, esos rellenos, esos pasteles que te llenan hasta reventar! Es de un mal gusto... Y cuando no es pesada, es cursi a más no poder: te matan de hambre con tres rábanos estilizados y dos vieiras sobre gelatina de algas, servido todo ello en platos en plan zen de pacotilla por camareros con cara de enterradores.