
Al hombre que trajina la cocina
le debe servidora algún favor,
pues es más que sabido que el amor, ese dulce
pecado, es fruta fina.
Prepara mi señor una hornacina de
oscuro y delicado tenedor
y se cuecen las cosas al ardor
ardiente y seductor de la cecina.
Para mi paladar quiero tu pecho
y otras cosas, mi señor, que no te digo, pues
caerían los cielos desde el techo.
De la cocina al salón existe un trecho. Tú traes
dátiles, nueces, algún higo... ¡Deja la cena,
amor, y ven al lecho!
Soneto al amor que nos hace la cena
Silvia Ugidos
(Higo. Sarah Longlands)
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